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Viaje al centro de la nada

25/05/2012

El despertador cumple su función; yo lo ignoro y me levanto una hora y tres sueños absurdos más tarde. Levanto la persiana y el primer contacto con la luz del sol hace que me sienta como un vampiro. La molesta sensación se va sin que me de cuenta, al igual que las ganas de volver a la cama. “Echa a perder el día si es lo que quieres, me digo mientras pongo leche a calentar. Pero échalo a perder fuera de la cama”.

Desayuno con la desalentadora compañía del presentador de los informativos. España está en crisis. Y el mundo. Todo el mundo. Toda una novedad.

Apago la tele y enciendo el cerebro. El vecino guapo se deja ver al otro lado del patio. El cerebro se apaga y se encienden otras cosas. Como, por ejemplo, el portátil, almacén de los apuntes que tengo intención de estudiar hoy. Antes de entrar en materia, entro en Facebook. Comprobación rutinaria. Nada. Twitter. Nada. El blog. Más tarde.

Me apetece un café, pero lo he dejado, así que me como una manzana. Me encantan las manzanas, pero lo que ahora quiero es un café, así que no la disfruto. Solo la como. La como y tiro el carozo. Me tiro en la cama, indolente, indiferente a todo, interesado en nada. Nada interesante. Me incorporo. Me siento. Echo el primer vistazo a los apuntes. El Renacimiento, el Barroco. Horror Vaqui.

Mis ojos saltan de la pantalla a la estantería, y mi mano se desliza por los diversos títulos y nombres propios, desde no hace mucho ordenados alfabéticamente. Era un día como el de hoy cuando me puse a ordenarlos. Aburrido. Mucho trabajo y pocas ganas. Saco de la estantería El principito: ”Los baobabs, antes de crecer, comienzan por ser pequeños.” Los baobabs y los bobos. Los humanos. Nosotros también. De la S de Saint-Exúpery salto al inicio, y caigo en Auster, Brookyn Follies: “La inactividad induce a pensar, y los pensamientos pueden resultar peligrosos, como cualquiera que viva solo entenderá enseguida.” Ya lo creo que lo entiendo. Sin abandonar la A, elijo un título en español, por aquello de defender lo propio, y leo: “Al día siguiente Nicolás reaccionó.” Yo espero tardar incluso menos.

Las “robajas”

11/05/2012

El día había llegado y las dos chicas se reunieron en el lugar y a la hora acordados. Por espacio de unos segundos se pararon frente a la entrada de la tienda, casi como dos militares momentos antes de lanzarse al campo de batalla, sumidos en una última reflexión antes de enfrentarse a la misión.

Habían calculado al milímetro cada detalle; hasta el más insignificante, como la hora propicia a la que debían ejecutar el plan. Eran las cinco de la tarde. Y a las cinco de la tarde de un día tan caluroso como aquel apetecía irse de tiendas, pero no de compras. ¿Qué significaba? Que la gente daba un paseo por la calle comercial, entraba en una tienda para echar un vistazo y se iba, permaneciendo en el mismo sitio el tiempo suficiente para no acumularse formando una multitud. Había, por tanto, poca gente; la necesaria para pasar desapercibidas y no tanta como para entorpecer sus movimientos.

Entraron, y una inmediata ráfaga de aire acondicionado transportando olor a sudor y ambientador barato las golpeó en la cara, aturdiéndolas momentáneamente. No era la primera vez que entraban en una tienda de ropa -en aquella tienda de ropa- así que la desagradable sensación duró poco. Una vez recuperadas siguieron adelante, observando el terreno con fingida naturalidad, como dos chicas corrientes en busca de alguna camiseta mona. Pero bajo aquella mirada distraída se escondía un calculado proceder.

Sin mediar palabra, una de las chicas, la que era rubia y más alta, movió la cabeza de arriba abajo y, confiando en que su compañera hubiese atendido a su señal, se separó de esta para ir en busca de su objetivo. Allí estaba, un par de zapatos de tacón que, para resumir su descripción en el detalle más característico, diré que su suela era de un rojo escarlata, señal inequívoca, para los entendidos -como lo eran nuestras dos protagonistas-, de su rango y valor reales.

Se hizo con el par de zapatos, que sostuvo con el dedo índice y anular como si, en realidad, le fueran totalmente indiferentes y empezó a caminar, perdiéndose en los demás pasillos, admirando cada estante y cada perchero hasta llegar a la entrada de los probadores, donde en aquel preciso instante no había nadie supervisando las entradas y salidas. Sin dejar de caminar hacia uno de los probadores la chica rubia giró la cabeza hacia atrás, hasta que alcanzó con la vista a su compañera, que hablaba con una de las dependientas. La chica morena conectó con la rubia, que le indicó con un gesto que fuera a donde ella estaba, y solo se demoró el tiempo necesario para que la dependienta terminase de resolver la duda que momentos antes le había planteado.

-¡Qué pesada! -dijo la chica morena en un susurro en cuanto se hubo metido en el probador que ocupaba la rubia-. Y todo para terminar diciéndome que no tenían la talla que le estaba pidiendo.

-Aquí tienes. -La rubia, impacientada por la presión de la situación, se quitó sus zapatos y se los dio a la morena, ignorando el comentario de esta-. Ahora viene la parte difícil.

La chica morena guardó en su bolso los zapatos de su amiga y salió del probador, no sin antes desearle suerte y guiñarle un ojo.

-Nos vemos fuera.

Una vez sola, la chica morena se probó los zapatos de suela roja y, antes de salir del probador, se tomó unos minutos para mirarse en el espejo; no para admirar lo bien que aquellos zapatos le quedaban, sino para observarse a sí misma, en un intento por darse ánimos antes de enfrentarse a la fase final del plan: la huida.

La chica rubia abandonó el probador y se dirigió hacia la salida de la tienda, no sin antes detenerse a curiosear con la misma parsimonia de momentos antes. Aunque su mente empezaba a reaccionar en contra de atravesar la alarma antirobo, hizo todo lo posible por no dejar que dicha debilidad se hiciera visible en el movimiento de sus piernas.

Pasó. Y la alarma sonó, atrayendo miradas y generando comentarios. Mientras veía como una dependienta se acercaba interpretó magistralmente el papel de una clienta a la que le suena la alarma por error, utilizando el rubor natural que enrojecía su rostro en su propio beneficio.

-¡No entiendo por qué ha sonado! -se excusó, casi creyéndose su propia mentira-. ¡Pero si no llevo nada!

Era cierto, ni siquiera llevaba bolso.

Por el modo en que la dependienta miraba alternativamente a su jefa, que también se había acercado, y a la chica rubia, como si de un misterio incomprensible se tratase, era evidente lo que iba a suceder. Como he dicho, no llevaba bolso, donde sí habría podido ocultar alguna prenda o zapato; por lo que parecía, la chica estaba saliendo de la tienda tal y como había entrado.

-¡Ay, perdona! -concluyó la jefa, aunque, por la suspicacia que ardía en sus ojos al fijarse en los zapatos que llevaba la chica rubia, esta se dio cuenta de que no sentía sus palabras-. A veces simplemente suena, vete tú a saber la razón.

Todavía ruborizada y humillada, la chica rubia apuró el paso hasta alejarse lo suficiente para sentirse segura de nuevo. Sin dejar de caminar, saludó con una pícara sonrisa a la chica morena, que había aparecido a su lado cargando con el bolso donde guardaba el botín, los preciados zapatos.

-Tía, no habría podido hacerlo sin ti -le dijo a la chica morena como muestra de agradecimiento-. ¡Qué mal rato pasé al final!

-Ha merecido la pena. Mientras te esperaba me los he probado.

De pronto las dos se detuvieron, se miraron con los ojos como platos y empezaron a dar saltos y gritos de alegría, sobrecargadas por el exceso de euforia y satisfechas por el éxito indiscutible de su plan.

Osea, misión cumplida.

Conversaciones furtivas

28/04/2012

El rugido de los motores llegaba a mis oídos como un lejano ronroneo. La lista de reproducción de mi ipod amortiguaba la altisonante reacción del tren en movimiento. Hasta que la batería gastada apagó el dispositivo definitivamente, dejando que mi inquieta mente tomase las inestables riendas de mis pensamientos.

Habían sido unos días particularmente complicados los que precedieron al viaje de vuelta a casa. Preocupaciones que tienen poco de interesante y nada de particular, aunque preocupaciones a pesar de todo, me habían llevado a recurrir a la música como forma de silenciar esa voz interior que se empeña en recordarnos lo que tanto deseamos olvidar, siendo cuestión de tiempo que la batería del ipod llegase a su límite. Pasados los primeros quince minutos de viaje el reproductor ya había alcanzado dicho límite, dejándome solo y desarmado ante la abrumadora oleada de inquietudes que hasta entonces había conseguido, si no eliminar, al menos bloquear.

Estaba, pues, empezando a dejarme llevar por el recordatorio de un problema no resuelto cuando una estridente voz de mujer irrumpió como una nota discordante en la partitura que sonaba en el vagón donde me encontraba. La soprano no era una mujer. Era mujer, sí, pero no una mujer. Se trataba de una chica de más o menos mi edad. Sentada a su lado, en la fila de asientos delante del mío, estaba un chico, que también tendría veintitantos años y, aparentemente, un solo problema: el rollo que su compañera de viaje le estaba soltando.

Por lo que parecía por el modo en que el chico en cuestión sonreía con desgana cada vez que la chica de voz estridente interrumpía su discurso para dar pie a su intervención, o se giraba hacía la ventanilla esperando que su indirecta no cayera en saco roto, el viaje se había convertido en una prueba de educación. Ser educado da muchos disgustos”, pensaba yo mientras me compadecía de la situación de aquel chico, al que decidí considerar un santo mártir para los adultescentes de todo el mundo. Mártir por padecer el suplicio de una conversación tediosa, no buscada y molesta para oídos sensibles; santo por aguantar estoicamente hasta el final -como de hecho hizo- sin quejarse ni una vez. Un valiente.

Sin embargo, mientras a nuestro héroe anónimo aquella cascada de datos y opiniones causaba, como he dicho, todo un martirio, a mí me ayudó a olvidar por completo lo que fuera que tanto me estaba agobiando. La ejecutora del martirio, una conversadora incansable, no paraba de hablar y hablar sobre los últimos capítulos de su azarosa vida, y lo hacía con la emoción y riqueza en detalles propia de una biopic. Una de pésima calidad y mal contada a pesar de poner en la narración toda su alma. Pero fue dicha emoción, que la narradora y protagonista insuflaba a cada palabra, la que consiguió entretenerme, y con ello alejarme de mi propia vida, que parecía estar pasando por la parte en que el personaje principal atravesaba el dramático proceso de descenso a los infiernos, el momento de hundimiento previo al gran final, que o bien consistía en una optimista despedida o en muerte.

La chica dicharachera se bajó en la siguiente parada. Un abrumador silencio se impuso sobre el reducido espacio que había entre el asiento que había quedado vacío, el del otro chico y donde yo estaba sentado, como si la antigua pasajera hubiera arrastrado con ella la capacidad misma de sonar. Allí estábamos él y yo, indiferentes, aunque no inconscientes, el uno del otro; experimentando individualmente el cambio de situación: él aliviado; yo inquieto, expectante ante el renovado silencio.

Quedaba media hora para llegar a mi parada. Media hora para pensar. Y qué malo es a veces pensar.

Fiestas grandes

19/04/2012

Me encontraba en una fiesta que un conocido había organizado en su piso nuevo. Contra todo pronóstico, allí no se celebraba la reciente mudanza; el mismo ruido y la misma furia habría podido escucharse cualquier otro día por cualquier otra razón, la cual, en este caso, era el evento por sí mismo.

Era una vivienda bastante espaciosa, sensación amplificada por la multitud que había allí reunida. Había gente apretada en los sillones, apiñada en medio de la sala; grupos de tres o cuatro personas (taimadamente separados los unos de los otros como si fueran manadas rivales) se reunían en la terraza en busca de un mayor grado de tranquilidad o simplemente para fumar al fresco.

-A mí me gustan las fiestas grandes -dijo una invitada mientras expandía el verde de sus ojos en el infinito de la concurrencia-. Son tan íntimas. En las reuniones privadas no hay ninguna intimidad.

La autora de semejante aforismo, que en otro tiempo y lugar habría sido etiquetada en la festiva categoría de flapper, apuró el último sorbo de su copa y, al darse cuenta de que yo la miraba, adivinando lo que estaba pensando, apuntó con humildad que aquellas palabras no eran suyas; las había leído en el último libro que su mejor amigo (que hacía las veces de personal shopper de literatura) le había recomendado. El Gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald.

Las ganas de releer aquel clásico de la generación perdida se habían impuesto sobre el plan inicial de pasar la noche con la generación desperdiciada a la que yo pertenecía, así que, a pesar de que abandonar una fiesta no era un comportamiento precisamente fitzgeraldiano, volví a mi piso en cuanto tuve oportunidad.

En los años veinte de Jay Gatsby encontré un mundo que brillaba con una luz no muy distinta a la de este en el que yo vivo, un mundo de joven expectación y tempranas decepciones, donde los protagonistas se emborrachaban con su propio llanto noche tras noche, en una fiesta intermitente, víctimas de una enfermedad que yo mismo he visto padecer a conocidos y amigos, esos niños perdidos que los veinteañeros somos en realidad, por muy bien que creamos imitar a los adultos. Dicha enfermedad tiene un nombre melancólico y gris: desencanto. He sido presentado a infinidad de Jordan Bakers, y no pocos Nick Carraways me han conocido a mí; las primeras cínicas y despreocupadas, los segundos analíticos y volubles.

La pérdida de los valores ilusorios en la juventud de las primeras décadas del siglo pasado, uno de los temas capitales de la novela, es una realidad que volvemos a vivir en los primeros años del siglo XXI. Los de nuestra generación, como los de la Era del Jazz, hemos vivido hasta no hace mucho en una nube de aparente prosperidad, disfrutando del dulce presente mientras creíamos asegurado un futuro que ahora se muestra cuanto menos borroso. La solidez de nuestras aspiraciones se ha derretido dando lugar a una correosa realidad para la que no hemos sido preparados.

La historia tiende a repetirse. Lo está haciendo ahora, reescribiendo el melodrama de Long Island en mi propia ciudad, así como en ciudades de todo el mundo; recordando la pasión de amores egoístas, que no imposibles; empujando a muchachos a inventarse a sí mismos como forma de sobrevivir a su propia naturaleza. Reinterpretando las cuatro categorías en que Fitzgerald clasificara al género humano: los perseguidos, los perseguidores, los ocupados y los ociosos.

Mientras escribo, intentando recordar aquella noche que la casualidad me devolvió a Gatsby -y aferrándome a la esperanza que este conservaba a pesar de todo-, llega a mis oídos la desquiciada declaración de una fiesta que tiene lugar en el piso de arriba. Otra fiesta que ignoro en favor de diversiones menos eficaces. También en favor del sueño (en todos sus sentidos) al que me entregaré con el último punto de este texto.

La reconstrucción de los hechos

12/04/2012

Buscas en el montón de ropa tirada aquí y allá algo decente que ponerte. No lo hay, de manera que coges tu ropa interior y una camiseta, y de esa guisa sales al misterioso universo que hay al otro lado de la puerta. Dos copas a medio beber encima de una mesa te recuerdan lo que su contenido intentó que olvidases.

¿Nos tomamos la última en mi piso?

El olor a alcohol te da náuseas. En realidad, todo te las da, desde el frío en tus pies al contacto con el suelo hasta los hostiles rayos de sol que dan a la habitación el decepcionante color de la realidad. La puerta de la otra habitación está abierta; te asomas, y compruebas que el compañero de piso no está. Es temprano, así que, probablemente, se haya ido poco antes de que te hubieses despertado.

Esta noche no he tenido tanta suerte como vosotros, así que al menos dejadme dormir.

De camino a la cocina te sorprende tu reflejo en el espejo de la entrada. Te avergüenza descubrir que esos ojos ojerosos te juzgan con severidad. Te enfadas contigo mismo, un sentimiento que no hace más que incrementarse al ver el lamentable aspecto que tienes. La noche anterior, mientras te vestías, te habías admirado (sí, admirado) en el espejo de tu habitación, y la misma ropa interior ajustada -y limitada- que llevas puesta había hecho que te sintieras verdaderamente sexy, tanto como sexy se sentían las protagonistas de las películas en situaciones parecidas a esta en la que tú ahora te encuentras, cubriendo su desnudez con poco más que una camiseta varias tallas más grande, propiedad de su amante.

¡Joder, cómo me pones! Deja que te quite la ropa.

El tuyo no es un amante, es un polvo. Y con esa camiseta no estás sexy; estás ridículo. Ridículo. Después de todo, esto es tu vida, no una película. Entras en la cocina con la intención de servirte una taza de café, aprovechando que el compañero de piso ha dejado hecho, pero el aroma tostado que normalmente te reconforta ahora te da asco. Te alejas todo lo rápido que tus atrofiadas piernas te lo permiten, volviendo a la habitación donde todavía duerme Él.

¿Me invitas a un cigarrillo?

La manta bajo la que se oculta se mueve, alterando su geografía con nuevos pliegues y sombras que apenas insinúan un cuerpo humano en imposible contorsión.

Date la vuelta. Me gusta así.

Dos luces de un tenue marrón se encienden entre las sombras que forman el espacio entre almohadas, enfocando directamente hacia tus piernas desnudas. Le saludas con un tímido movimiento de la mano derecha. Te pregunta la hora. Le respondes que no lo sabes. Es pronto, concluyes. Los focos de luz se apagan, y la cabeza en que están incrustados se da la vuelta, perdiéndose nuevamente en ese microcosmos que tú has habitado una sola noche; que, a juzgar por el interés que su dueño y señor ha depositado en ti, su último -que no definitivo- invitado, no volverás a visitar.

No creas que hago esto todas las noches.

Palabras sin significado, insignificantes. Mentiras.

No quisiera que pensaras mal de mí, pero me encantaría que te quedases a dormir.

Pedazo a pedazo, empiezas a recoger los escombros de tu dignidad. No es que te hayas acostado con un desconocido.

“No te lo tomes a mal, pero preferiría estar solo.

Es que te has acostado con un imbécil.

Trabajo, trabajo, trabajo…

08/04/2012

Mi intención era escribir sobre la Semana Santa. He pasado los últimos días -de viaje con mi familia por el sur de España- dándole vueltas a la cabeza sobre cómo debería enfocar el tema, qué puntos afilar y cuáles pasar por alto. La devoción y folklore que se vive en Andalucía en esta época del año, qué duda cabe, da para eso y mucho más. Pero una conversación inesperada –aunque comprensible- con mis amigas me ha devuelto al terreno de las cosas que realmente importan.

Hoy en día la religión no suele formar parte integral en la vida de casi ningún hombre o mujer que ronde los veintitantos. Se trata, más bien, de una reminiscencia de otra época, un anclaje en el estilo de vida paterno, o de la generación de los abuelos. Y si lo hace, si en verdad Dios ocupa un lugar destacado entre las relaciones de pareja complicadas y los trabajos basura, es de un modo completamente diferente, incluso con otro nombre, apariencia y dogma del que ostentaba en el pasado.

Es, de hecho, el de los trabajos basura –o de la vida laboral en general- el que desbancó al más explosivo de los temas de conversación. Una charla sobre la vida laboral no explota en la cara de nadie; es posible, sin embargo, que te remueva por dentro.

Llevaba varios meses sin ver a P, así que empezamos a ponernos al día en lugares comunes: ¿Cómo estás? ¿Te trata bien la capital? ¿Qué tal en el trabajo?

¿Qué tal en el trabajo?

Para dicha pregunta existen tres posibles respuestas, bien, mal o la opción de P: “bueno…”

Por una parte, mi amiga se sentía afortunada. Tenía un empleo, uno con unas condiciones decentes. ¿Quién podía decir lo mismo tal y como estaban las cosas? Pero, a pesar de lo bueno, no podía evitar dejarse llevar por la agobiante sensación de estarse perdiendo su vida. Todo lo que hacía era trabajar, porque al término de su jornada diaria estaba demasiado cansada para hacer otra cosa que no fuera llegar a casa y desconectar del mundo. De manera que se pasaba la vida en un permanente estado de agotamiento físico y mental y haciéndose una misma pregunta: ¿realmente merece la pena?

-Lo que sí merece la pena es pedir otra cerveza –dije yo, interrumpiendo la conversación mientras me levantaba para dirigirme a la barra. A mi regreso me encontré con varias sillas desocupadas y alguna copa a medio terminar.

-Han ido a fumar –explicó S.

A S tampoco le gusta su trabajo. Al contrario que las de P, sus razones para ello son más claras. A veces, trabajamos en algo por el simple hecho de pagar el alquiler; pues bien, en el caso de S, el suyo ni siquiera da para eso. El sueldo es indigno, el horario desproporcionado y el trabajo en sí un coñazo. Ella trabaja por hacer algo; por eso no lo deja, para evitar la incómoda situación de encontrarse mano sobre mano.

-¿Cuándo todo se ha vuelto tan jodido?

S está cansada de su trabajo, que es una mierda; P también, aunque su situación sea mucho mejor. Yo, que no trabajo, estoy cansado de estudiar. Vivo con la sensación de que ya me toca pasar a la siguiente fase, la misma de la que mis amigas están hartas.

Parece que, hagamos lo que hagamos, estamos condenados a la insatisfacción. Si no tenemos trabajo, mal; si lo tenemos, bien, hasta que pasa el tiempo y empezamos a verlo como una condena necesaria. ¿Necesaria para qué? Se pregunta P. Necesaria para vivir, responde S. Para comer esa tortilla de patatas que tanto nos gusta; para arreglar el portátil cuando se estropea; para pagar la factura del teléfono; para leer la Quore mientras picoteamos algo de la nevera; para viajar cuando nos dan días libres y para tomarnos unas cañas con los amigos después de clase. Para vivir la vida que se supone queremos vivir.

Se supone, repito. Y entonces me pregunto. ¿Cuál es la alternativa?

Tormenta de ideas sobre la huelga

29/03/2012

La reforma laboral es una mierda, supone la degradación de las condiciones de trabajo de demasiadas maneras para no verla como una amenaza.

Me pregunto cuántos, de entre todos los que formaban parte de piquetes y manifestaciones, votaron al PP en las últimas elecciones generales, dándole la mayoría absoluta que lo legitima para hacer cumplir hasta la letra pequeña de su programa electoral.

Yo no trabajo, y tal vez sea esta la razón de mi resistencia a dar a la huelga una importancia mayor. O tal vez no sea indiferencia lo que siento, sino una cínica incredulidad que me impide ver en lo que ha estado pasando todo el día de hoy el mérito, valor o incluso la nobleza que muchos le dan.

No entiendo por qué el derecho a la huelga de todos tiene que vulnerar mi derecho a tomarme una caña.

Las cosas están mal, muy mal. Están jodidas, y soy de los que piensan que no hay que joderlas más. Dadas las circunstancias, la reforma es inevitable. Lo que sí se puede evitar es la violencia, hablando claro, de los piquetes, que se empeñan en hacer respetar la huelga a costa de todo, convirtiendo un derecho en una obligación.

No hay que subestimar la eficacia de un buen ladrillo.

No todos los piquetes son agresivos, por supuesto, pero el simple hecho de coaccionar a quienes no quieren secundar la huelga ya es, en cierta manera, un acto violento.

Es injusto que un bar abra y gane lo que otros pierden al formar parte de la huelga, y, además, se beneficie de lo que estos han conseguido sin haberse arriesgado.

Hagan lo que hagan los políticos, tomen las medidas que tomen contra la crisis, alguien va a tener que joderse.

La huelga se apoya formando parte de ella. Si tienes trabajo, no vas; y si no lo tienes, te sumas a las manifestaciones. No ejercer un derecho por el que nuestros antepasados han luchado es como desperdiciar todo ese sufrimiento y esfuerzo.

El rollo “comprometido con la causa” es sexy.

La huelga es la forma que la sociedad adopta para mostrar su disconformidad con lo que el gobierno hace. Es un discurso, y, para que su mensaje llegue alto y claro, hay que saber darlo.

No a la reforma laboral.

Sí a la reforma laboral.

Sí a la huelga.

No a la huelga.

Sí a las manifestaciones.

No a los piquetes.

No a la violencia.

No al no.

Sí.

No.

Yo qué sé.

¿Gay o hetero?

27/03/2012

INT. BAR DE COPAS. SÁBADO NOCHE

ÁLVARO: Fíjate en ese chico de ahí. El de la chaqueta de cuero marrón.

CARMELA: Llevo fijándome en él desde que llegó.

ÁLVARO: Alto, bien peinado, bien vestido…

CARMELA: Bien todo, Álvaro, bien todo.

ÁLVARO: ¿Tú qué opinas?

(Carmela lanza a Álvaro una mirada interrogativa, parcialmente hundida en su gin tonic, del que bebe sin dejar de prestar atención a la conversación.)

ÁLVARO: ¿Gay o hetero?

(Un silencio se adelanta a su respuesta, dedicando varios segundos a un análisis visual más concienzudo si cabe.)

CARMELA: Qué difícil se ha hecho esto.

ÁLVARO: Puta ambigüedad…

CARMELA: Por una parte está el rollito modernillo. Pantalones pitillo, camisita vaquera…

ÁLVARO: …Con el botón del cuello abrochado.

CARMELA: Con el botón del cuello abrochado… El aro en una oreja, gafas de pasta negra… Muy indie todo.

ÁLVARO: ¿Entonces?

CARMELA: ¿Qué quieres que te diga? Hoy en día no pondría la mano en el fuego por la sexualidad de nadie. ¿Tú qué opinas?

ÁLVARO: Yo opino que es como vernos a nosotros mismos hace cinco años.

(El chico en cuestión se dirige a la barra en compañía de una de las chicas de su grupo.)

CARMELA: Hetero. Están rollo “te invito a una copa”.

ÁLVARO: Gay. Están rollo “te invito a una copa, tía”.

(Carmela se ríe.)

ÁLVARO: Fíjate en cómo se abrazan cada dos segundos, cómo brindan con cada chupito de tequila; la forma en que ella le mira en respuesta a lo que sea que le haya dicho, en plan “¡Jo, pequeño, cómo te quiero!”

CARMELA: No sé…

(El chico y su amiga se abrazan. Ambos parecen estar al borde de las lágrimas, como si no fueran a volver a verse en un año.)

ÁLVARO: Mira ese abrazo. ¿Cuántas veces nos habremos abrazado así tú y yo en noches de borrachera?

(Pasa un tiempo. Carmela ha pedido otra copa y Álvaro no ha dejado de observar a esa versión rejuvenecida de sí mismo, intentando determinar de una forma definitiva su orientación sexual, más por aburrimiento que por verdadero interés. Varias conversaciones paralelas se solapan a su alrededor; las oye, pero no las escucha. Lo que sí escucha es la música ochentera que da banda sonora a la escena nocturna, protagonizada por sus amigas, el chico en cuestión, las amigas de este, un montón de borrosos desconocidos y él mismo.)

CARMELA: ¿Algún progreso?

(Álvaro no responde. Se limita a observar, del mismo modo que un oceanógrafo observa con analítica precisión el comportamiento de las especies marinas en su hábitat. Las chicas -cinco- rodean al chico, adorándolo, riéndose de sus chistes y sonriendo a sus cumplidos; más que su líder, es una especie de ídolo, como un osito de peluche para una niña pequeña, alguien al que cuidar con maternal afecto. Él se deja querer, y en su sonrisa puede verse el resultado de tales atenciones: reafirmación. Un abrazo grupal entre ellas y él, por pura asociación, lleva a nuestro protagonista a una escena parecida del año pasado, en la boda de su amiga Sole. Estaba en la pista de baile con las demás del grupo, disfrutando de la cada vez más difícil circunstancia de encontrarse todos juntos, y, conscientes de que dicha dificultad no haría más que aumentar en lo sucesivo, se abrazaron formando un círculo con la novia en medio, del mismo modo que, ahora, las chicas rodean al chico entre saltos y gritos.)

CARMELA: Joder, tenías razón. Ellos son nosotros.

(Álvaro asiente con la cabeza.)

CARMELA: Pero eso no responde a la gran pregunta.

(El abrazo grupal se rompe y cada uno sigue bailando o bebiendo, o ambas cosas al mismo tiempo. El chico, que ya se ha tomado varios chupitos con cada una de las amigas por separado, ahora le pide una cerveza a la camarera. El alcohol empieza a hacer efecto en sus delgadas extremidades, cada una moviéndose independiente del resto del cuerpo. Se da la vuelta, y parece que por fin se da cuenta de que Álvaro y Carmela están hablando de él, porque les lanza una mirada que los alcanza con la rapidez de una bala. Primero mira a Álvaro y luego a Carmela. Y luego vuelve a mirar a Álvaro, sonriendo tímidamente a continuación.)

CARMELA: Caso cerrado.

La ruleta de hombres

24/03/2012

-¿Habíamos quedado? -me preguntó el m&m nada más abrirme la puerta, los ojos enrojecidos y el pelo alborotado, prueba evidente de que le había despertado. Eran las tres de la tarde.

-No, es que me apetecía salir a pasear bajo la lluvia, y tal vez llorar un poco, rollo melancólico, y he acabado en tu piso.

Con un gesto de la mano me indicó que entrase, y yo le seguí hasta la cocina, leyendo en su adormecido lenguaje corporal su deseo de preparar algo de café.

-¿Saliste anoche?

No, no había salido. Pero se había pasado la noche conectado al Manroulette.

El aroma del café recién hecho empezaba a levantarse sobre nuestras cabezas, la suya reticente a cualquier estímulo que le impidiese volver a quedarse dormido; la mía intrigada por su último descubrimiento online.

-Tú te conectas con tu webcam, sin necesidad de añadir un nombre de usuario ni ningún otro dato identificativo -empezó a explicarme con cierta desgana mientras sacaba de la alacena una taza en la que servirse el café, dejando a mi libre albedrío la decisión de hacer lo mismo. Se tomó su tiempo para sacar el cartón de leche de la nevera, echar un poco en el espeso líquido y añadir una cucharada de azúcar. Con la mirada perdida bajo los párpados caídos, indiferente a mi presencia, removió la mezcla con una cuchara; se llevó la taza a la boca, bebió de ella y solo entonces, y no antes, continuó su explicacion-: y en la pantalla van apareciendo aleatoriamente la cam de los otros conectados. Cuando no te gusta pulsas “siguiente” y, en caso contrario, chateas con él. Por supuesto, los demás tambien pueden pasarte, si tú no les gustas a ellos.

Por supuesto.

Me paré a pensar en aquella nueva forma de conocer hombres, y tras mi primera impresión, que la juzgó como otra manera de ver a desconocidos masturbándose, se me ocurrió que no era muy diferente a nuestro comportamiento habitual, que por muy “habitual” que sea, no necesariamente debería considerarse civilizado. Conoces a alguien, te detienes a analizarlo mientras te tomas algo con él y, a la primera señal de desacuerdo o insatisfacción, optas por dejarlo pasar, pulsando el imaginario “siguiente” que todos tenemos metido en la cabeza, creyendo con arrogancia que puedes aspirar a algo mejor, sin pararte a pensar que tal vez seas tú quien no es lo suficientemente bueno.

-¿Alguien interesante? -su respuesta fue un “pse” acotado en un encogimiento de hombros, a lo que añadió con desgana:

-Una paja.

Y con desgana terminé la conversación. Y el café. Y el día.

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